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sábado, 13 de septiembre de 2014

MARIO PANTOJA Y LA POESÍA ERÓTICA EN CUSCO


ESCRITURA QUE PROVOCA
(EROTISMO DESBORDANTE, INTERTEXTUALIDAD Y ABANCAY EN LA POESÍA DE MARIO PANTOJA)

Por  Niel Palomino Gonzales


I.              RESUMEN
El tema central del presente artículo es el poemario Memorias del deseo de Mario Pantoja. Del texto se  investiga tres aspectos fundamentales: el erotismo desbordante, la intertextualidad y la ciudad de Abancay. Los métodos seguidos son la hermenéutica, la semántica textual y la semántica léxica. Según ello, transcribimos los poemas y luego analizamos, comparamos, interpretamos, las palabras usadas en los poemas y también al texto en conjunto.  De esa manera llegamos a afirmar lo siguiente: El poeta cusqueño Mario Pantoja  ha volcado su vida a la escritura de poemas desde 1970. El estilo predominantemente obsesivo de ese ejercicio creativo es lo erótico. Así, Pantoja, en la mayoría de sus poemas exalta  el deseo sexual que despierta  la sensualidad del cuerpo femenino y el goce carnal de los amantes como una metáfora dicotómica de la vida  frente a la muerte, dando de esa manera universalidad a su poemario. En la poética de Pantoja se nota una intertextualidad latente y patente. Asimismo, Abancay, por ser cuna  de mujeres bellas, sensuales y apasionadas, es también cuna del  amor, del placer y de la inspiración.

II.            PALABRAS CLAVE
Abancay/ Alusión/ Contexto/ Erotismo/ Enunciación/ Enunciado/ Hipertextualidad/ Intertextualidad/ Paráfrasis/ Paratextualidad/ Texto.

III.           DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Nacido en Cusco el año 1947, Mario Pantoja es docente principal del Departamento Académico de Lingüística de la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco, poeta representante de la Generación 70 de la Poesía Cusqueña, investigador, crítico literario, antologador y maestro a carta cabal en la Facultad de Educación de la UNSAAC, donde regenta la cátedra de Literatura Peruana e Hispanoamericana.

Ensayos literarios y  suyos son publicados en la revista Sieteculebras y otras de la región y del país. Ha publicado libros como Los actos semejantes (ensayos, Cusco, 1999), Ballet de verano (poemas, Cusco, 1999), Vámonos cuervo a fecundar tu cuerva (poemas, Cusco, 2006) y dos libros de antología: Piedra sobre piedra. Poesía cusqueña contemporánea (Cusco, 2000), Halcones y serpientes. El cuento cusqueño del siglo XX (Lima – Perú, 2005)


IV.          DESARROLLO

  1. El erotismo desbordante
“Podemos decir del erotismo que es la aprobación de la vida hasta en la muerte…
La poesía lleva al mismo punto que todas las formas del erotismo: a la indistinción, a la confusión de objetos distintos. Nos conduce hacia la eternidad, nos conduce hacia la muerte y, por medio de la muerte, a la continuidad: la poesía es la eternidad. Es la mar, que se fue con el sol”.
                                         Georges Bataille

La poesía erótica es una especie del género lírico cuya característica primordial radica en exaltar con metáforas  plenas de simbología, la sensualidad del cuerpo femenino desnudo, el encuentro carnal o el deseo lujurioso que despierta el cuerpo y la carne. No hay duda que esta forma de poesía es muy antigua y fue esculpida por los más descollantes bardos de la lírica universal.  Safo de Lesbos, Anacreonte, Petrarca, Quevedo y Villegas, Rubén Darío, Neruda, Vallejo, Apollinaire, García Lorca, Octavio Paz, Gioconda Belli, etc. tienen poemas con tono y contenido eróticos. Hasta en la misma Biblia católica, en el libro Cantar de los cantares se encuentra metáforas y símiles desbordantes de erotismo.
Aunque de primera mano parece fácil, componer un poema erótico o lograr un  verso  es todo un trabajo de escultor, que como toda obra de arte exige del poeta una entrega total y una dedicación exclusiva y un cuidado minucioso. Es por esta razón que pocos poetas han escrito poesía erótica en forma  orgánica; es decir, todo un poemario. En el caso peruano se tiene a Jorge Espinoza Sánchez con Documentos secretos de Sodoma y en caso cusqueño Cantar de cantares de Gustavo Pérez Ocampo y Memorias del deseo de Mario Pantoja.
Este último poemario es producto de casi 4 décadas de jugar con el fuego y en el fuego.  Publicado el año  2012, externamente está presentado en tres secciones. La primera lleva por título Ballet de verano, publicado por separado el año 1999 y va antecedida de una prolija presentación a cargo de la crítica literaria española Helena Usandizaga, la segunda titula Seductor por Afrodita, tiene una presentación firmada por el poeta, narrador, ensayista y docente universitario cusqueño Enrique Rosas Paravicino, la tercera intitula Fuera de serie
Cuando en Cusco de los setentas, ochentas y noventas predominaba la poesía social (Poemas de René Ramírez), la poesía épico-histórica (Inaucis de Juan Osorio), la poesía telúrico-cósmica (Los dioses testarudos de Rosas Paravicino), de la poesía quechua (Yanapaq Jailli de Hurtado de Mendoza) o en otros casos solo se cantaba a la piedra (Distancia y Soledad Machupijchu de Pérez Ocampo), Pantoja, descubre y demuestra que se pueda hacer poesía erótica aún entre las piedras (Léase el poema Las piedras o el amor).  Por eso, el primer mérito que se debe destacar en Mario Pantoja es el haber trabajado insistentemente y durante 40 años un poemario erótico íntegro desbordante de sensualidad y lujuria creativamente metaforizados, para desde Cusco, lanzar una nueva y fresca propuesta poética: la poesía erótica, en sintonía con los manifiestos (de renovación) del grupo Hora Zero de los Verástegui, Pimentel, Ollé, Ramírez Ruiz, Mora, etc.
La primera parte del poemario (Ballet de verano) está  integrado por 25 poemas eróticos. Apertura el texto, el poema Tu rosa natural seguido de Extraviado como Dante.  En ellos se lee:
En noches de sábanas
mis manos
giran
por tu cuerpo
como hojas encendidas.
Palpan tus formas.
Acarician tus pechos  crecidos.
Y descubren
el agua dormida
entre tus muslos.
Extraviado
como Dante
en selva oscura
desciendo a lo más profundo.

Se evidencia en estos versos del primer poema un canto, una exaltación  a esos instantes previos al acto carnal. Son momentos imprescindibles en los cuales las manos (como lenguas de fuego) giran por el cuerpo de la amada, palpan sus formas y acarician sus pechos hasta descubrir el agua dormida entre los muslos de la mujer a quien va a poseer, para finalmente extraviado como Dante (Alighieri) descender a lo más profundo del cuerpo de ella (segundo poema).

En el poema En las líneas no escritas el sujeto de la enunciación es un verdadero casanova. Este auténtico oficiante  del rito sexual, demuestra su talento de augur porque así como un gitano con solo leer la mano puede decirnos quién y cómo es alguien. El poeta enunciador puede decirnos  también cómo son y cómo serán en la danza sexual las muchachas, solo viendo la punta de los senos. El bardo enuncia categóricamente: (…) “puedo yo leerles la suerte, / a las muchachas tan bellas/ de esta tierra caliente,/ en la punta/ de sus senos/ como en la palma/ de sus manos”.   Esa facultad de adivino es fruto de los años de experiencia en ese acto de amor y gozo, que se adquiere  después de haber palpado, acariciado y besado  tantos senos de mujeres tantas, que no las busca el amante poeta sino que ellas vienen. Como prueba, el poeta declama  y enuncia en su poema Expresionismo: “A mí las amantes/ me vienen… Y me despiertan/ ávidos ojos/ cuando están con los senos (como frutos)/ al alcance/ de mi manos,/ o cuando llevan/ vestidos/ que dejan adivinar sus cuerpos”  Esa misma voz de la experiencia suena en Memoria que yo guardo: “Los que hicieron el amor/ tienen los ojos/ más cansados/ que un ave nocturna…”.
Solo aquel que ha poseído a varias mujeres en la intimidad, puede soltar con autoridad los Trapos sucios y declarar: “fue una mujer fría/ donde no se oía/ (en un día y noche de sábanas)/ ningún llamado a la poesía”. A través  de estos versos, se enuncia la idea de que para el poeta las mujeres  necesariamente, aún en la intimidad, tienen que   arrancarnos versos, inspirarnos, para trascender ese acto  sexual de la intimidad a la escritura. Por eso dice: “Las amantes/ que más me interesan/ son las que/ sobre el pasto fresco/ se abren mejor/ en palabras”.  
En Poema visual se lee: “Mis ojos en otros cuerpos solo/ En tu cuerpo./ Con labios posados sobre tus senos/ Hirviente es el vino que/ Ahora consumo. Palpitación de deseos./ Imaginación con letras que describen./ No soñada, sino vista y/ Tocada. (en oleaje de pasiones  me descubres)”. El poema es un acróstico en el cual, con letras en mayúscula que inician los versos,  se lee el nombre y apellido de una mujer. Pero, además de ello, la idea que se desarrolla en este poema es que la verdadera poesía  nace de la experiencia vivida (No soñada, sino vista y/ Tocada).  Y la poesía tiene que sonar a  testimonio de esa  experiencia: “con qué desesperación/ corrí/ a tus muslos/ bañados/ por las aguas de aquel río/ que guardo en secreto…”. Son poemas testimoniales también: Amor de mis amores, Las piedras o el amor, Ávida hembra que cubrió mi pecho,  Tu cuello tiene la marca de los dientes del amor, Así cantaba con Rimbaud, Biografía.
En los  poemas de Pantoja, lo más íntimo de la mujer (su sexo) es creativamente metaforizado con semantemas como: rosa natural,  el mejor valle, el ángulo de sus muslos, tu más profunda piel, flor o profundidad que atrae, la sima de tu piel. La conjunción sexual  y los poemas que nacen después del orgasmo compartido, en los poemas  de Memorias del deseo redimen aquella voz profana de Rubén Darío (gozad de la carne, ese bien que hoy nos hechiza y después se tornará en polvo  y ceniza).
La intensidad del fuego carnal llega a su clímax en el poema Gabriela Lovo: “Puse las manos/ En tu cuerpo./ Sentí tus piernas/ elevarse/ Encima de mis hombros./ Niebla en tus ojos/ y en los míos/ cuando tú me consumes./ Aumenta el placer,/ multiplica el ritmo/.  El erotismo se desborda por completo en el poema Esa flor húmeda de rocío. En este, el poeta declara: Sumérjome,/ húndome,/ ahógome a ratos en esa flor/ o profundidad que me atrae”. Son versos que cantan con metáforas bien esculpidas ese acto electrizante y  maravilloso que es el encuentro  carnal entre varón (macho) y mujer (hembra) en el cual “Tu más profunda piel/ consume/ el agua derramada/ durante la fiesta”.
La misma tonalidad y cadencia se observa en los poemas que integran la sección Seductor por Afrodita. En ambas partes hay una subsección  de poemas breves tipo haikus japoneses en los cuales (primera sección Ballet de verano) el vate exhorta a la mujer: “Mírate desnuda/ en estas montadas/ palabras/ que son tu cuerpo”.  O declara afirmativamente y explica: “La poesía/ olía/ a mujer./ Por eso/ la seguí/ hasta poseerla”.  Pese a la brevedad, de los versos se infiere la idea de que la poesía es sinónimo de mujer y que en la poesía de Pantoja se lee una mujer.
En Memorias del deseo se respira también y en menor cantidad la ternura y la nostalgia. En el poema Te amo por lo que siempre fuiste se lee: “Te amo, por lo que supiste/ comprender que yo era poeta:/ para soñar con otras/ junto a ti”.   Este precioso poema es una gratitud amorosa del poeta a su amada, a su compañera de toda la vida. A ella por todos esos años, le renueva su amor de ayer confesándole en presente indicativo: “Te amo, porque fuiste ayer/ toda la hermosura/ que pude encontrar,/ y hoy eres todo el amor de mi vida/…”.
La nostalgia o saudade que se apodera del poeta al añorar al ser amado que en ese instante se encuentra lejos,  está en: Me fluyen ríos de nostalgia: “Cuando tú/ no vuelves/ después de la tarde,/ el corazón/ se me llena de tristeza./ Cuando tú/ no vuelves/ a vuelta del mundo,/ me fluyen/ ríos de nostalgia”. 
En suma, parafraseando a  Marcuse, en los poemas de Pantoja el destino de la libertad y la felicidad humana dependen de una lucha de instintos, “una lucha entre vida y muerte”, una batalla entre Eros – Vida (la cópula carnal entre varón y mujer) y Tánatos (la soledad ya sea del varón o de la mujer). En los versos de Pantoja está la idea que hacer el amor y escribir poesía sobre ese rito carnal, es vivir plenamente, apostar por la vida y rechazar a la muerte, como se grafica en esta semiósfera. 



    




  1. Intertextualidad en la poesía de Pantoja  

“La intertextualidad, condición indispensable de todo texto, es el que proporciona a la teoría del texto el espacio de lo social: es la totalidad del lenguaje anterior y contemporáneo invadiendo el texto, no según los senderos de una filiación localizable, de una imitación voluntaria, sino de una diseminación, imagen que, a su vez, asegura al texto, el estatuto de ‘productividad’ y no de simple ‘reproducción’”.
                                                                                    Roland Barthes

En el terreno de la lingüística y de la literatura, la intertextualidad como término que hace referencia a la relación entre los textos,  es reciente, pero su práctica o su ejercicio no lo es tanto: se remonta   al origen mismo de la literatura como texto. Consciente de ello, el genio de Ficciones,  el inmortal Borges en  El libro de arena dejó sentenciado: “Ya no quedan más que citas. La lengua es un sistema de citas”. Pero fue Julia Kristeva quien en 1967, a partir del dialogismo y la polifonía de Bajtín,  acuñó este término. Para ella “Tout texte se construit comme mosaïque de citations, tout texte est absorption et transformation d’un autre texte" (todo texto  se construye como un mosaico de citas, todo texto  es la absorción y transformación de otro texto).  Así, en este océano de palabras que es la escritura no hay libros islas, originales o auténticos. Conforme va leyendo, el lector verdadero descubre en cada párrafo otros textos. No hay textos sino intertextos. Como dice Roland Barthes: “Todo texto es un intertexto. Hay otros textos presentes en él, en distintos niveles y en formas más o menos reconocibles: los textos de la cultura anterior y los de la cultura contemporánea. Todo texto es un tejido realizado a partir de citas anteriores”.
En 1982 apareció Palimpsestes: La littérature au second degré, (Palimpsestos: la literatura en segundo grado) de Gérard Genette, obra cimera y primigenia de la intertextualidad, en la cual  Genette, define a la intertextualidad como una relación de copresencia entre dos o más textos, es decir, la presencia efectiva de un texto en otro. Su forma más explícita y literal es la cita (con comillas, con o sin referencia precisa) y la paráfrasis (uso de ciertos modelos o estructuras formales ya existentes para  en base a dicha estructura o formato crear otro texto).
Ejemplos palmarios de intertextualidad tenemos  entre La iliada y La odisea de Homero y La Eneida de Virgilio (parten del mismo contexto: La Guerra de Troya); entre  Don Quijote de la Mancha de Cervantes y el Amadis de Gaula de Garcí Rodríguez de  Montalvo (caballeros andantes y damas en peligro); entre Don Quijote y Madame Bovary de Flaubert (la lectura transporta a un mundo idealizado de libertad a sus protagonistas); entre  Madame BovaryEl eterno marido de Dostoievski (ambas tratan de la infidelidad de la mujer y un marido cornudo, casi tonto); entre Ulises de Joyce y La odisea de Homero (alusión a la obra de Homero en el título y en la acción de los personajes); entre Os sertoes de Da Cunha  y La guerra del fin del mundo de Vargas Llosa (ambos tratan del mismo tema: la rebelión y posterior masacre de Canudos – Brasil).
En el terreno poético, encontramos intertextualidad entre el poema 16 de Veinte poemas de amor de Pablo Neruda con el poema 30 de El jardinero de Rabindranath Tagore; entre el poema III de Terceto autóctono de Vallejo y el poema El alba de los peregrinos de piedra de Herrera y Reissig; entre Romance de la Barbaracha de Luis Nieto Miranda con  Romance sonámbulo  de García Lorca; entre Cantar de cantares de Gustavo Pérez Ocampo y Cantar de los cantares de Salomón.  Como se ve, los más descollantes vates de la poesía universal, han hecho uso de este recurso textual llamado intertextualidad. Y el poeta Mario Pantoja no ha sido ajeno a la intertextualidad.  Sus poemas mantienen una relación de influencia, alusión o paráfrasis con los mejores textos de la literatura universal. Desde el título Ballet de verano de Pantoja con Ballet de otoño de Romualdo, hasta en los mismos poemas que  a continuación  detallamos.

En el poema Envueltos en fuego de Mario Pantoja tenemos.

Mis besos en esta boca
se encienden
en tu boca
en otras bocas
se apagan…

Envueltos siempre
en fuego
me llevan
hacia tu boca
donde solo es real el amor.

Y veamos  el poema Aquí de Octavio Paz.
Mis pasos en esta calle
Resuenan
En otra calle
Donde
Oigo mis pasos
Pasar en esta calle
Donde
Solo es real la niebla

Para un lector novel  y poco imaginativo, entre estos dos poemas existiría una copia. Empero, si nos detenemos en la comparación,  dicho vínculo es solo a nivel  léxico- sintáctico (coincidencia entre algunos vocablos, y en la estructuración y orden de las palabras); pero en el fondo, a nivel de las ideas, sentimientos y emociones que expresan los versos, hay una notable diferencia, un distanciamiento abismal.  Mientras en su  poema Aquí Octavio Paz  manifiesta su nostalgia por los días pasados en que la vida le fue mejor a comparación de su vida presente, en el cual “Solo es real la niebla, en  Envueltos en fuego, el poeta cusqueño canta su alegría en un presente porque sus besos se encienden en la boca de su amada, donde solo es real el amor. Niebla y amor no denotan ni connotan lo mismo.

AMOR DE MIS AMORES
Recorrer tu cuerpo
es dar vueltas
al mundo,
envuelto en lenguas de sol
incandescentes.
cruzar a nado
un río de aguas
embravecidas.
montes, ríos, follajes,
pantanos de humedad
descubro en tu cuerpo.

No es fácil quedarse en la cama
ni atreverse a hacer el amor
si alguien nos observa
o nos sospecha.
No creas hacerlo
en un momento fácil de deseo
o instante de sábanas.
               (Mario Pantoja en Ballet de verano)

I
Recorrer un cuerpo en su extensión de vela
es dar la vuelta al mundo
Atravesar sin brújula la rosa de los vientos
islas golfos penínsulas diques de aguas embravecidas
no es tarea fácil -si placentera-
No creas hacerlo en un día o noche
de sábanas explayadas.
Hay secretos en los poros para llenar muchas lunas

(Gioconda Belli en  Pequeñas lecciones de erotismo)

También entre estos dos  textos, el parecido es superficial. La diferencia evidente está en el artículo indefinido UN   que usa  la poeta de Nicaragua,  con el cual, generaliza al objeto nombrado;  con el adjetivo posesivo TU que emplea Pantoja y particulariza al ser mencionado. Mientras  que para la genial Gioconda,  “Recorrer UN cuerpo en su extensión de vela/  es dar la vuelta al mundo”, para el cantor  Pantoja “Recorrer TU cuerpo/  Es dar vueltas/ al mundo”.  En el poema  de Pantoja se describe metafóricamente un sensual y excitante descubrimiento,  en el de Gioconda Belli no; solo se narra una acción, un acontecimiento. 


ESA FLOR HÚMEDA DE ROCÍO
Repaso muchas veces
el libro
de tu cuerpo
en lenguaje secreto.
encuentro esa flor
húmeda de rocío
y me pongo a acariciar
con mis manos
las hojas íntimas llameantes.
Sumérjome,
húndome,
ahógome a ratos en esa flor
o profundidad que me atrae.
No me niego de afirmar
que ahí llevas
el azúcar del mundo.
(Mario Pantoja en Ballet de verano)

III
Repasa muchas veces una extensión
Encuentra el lago de los nenúfares
Acaricia con tu ancla el centro del lirio
Sumérgete ahógate distiéndete
No te niegues el olor la sal el azúcar
Los vientos profundos
cúmulos nimbus de los pulmones
niebla en el cerebro
temblor de las piernas
maremoto adormecido de los besos
(Gioconda Belli en  Pequeñas lecciones de erotismo)

Entre estos dos poemas hay una hipertextualidad. No hay duda que el primer poema creado es el de Gioconda y el de Pantoja después. Empero, lo que aparentemente parece ser paráfrasis  de Pantoja a Gioconda, es en sí un evidente diálogo intertextual.  Una auténtica comunicación o intercambio de sensaciones en la cual, la mujer (hembra), con los verbos en modo imperativo, invita  al varón  (macho): “Encuentra el lago de los nenúfares/ Acaricia con tu ancla el centro del lirio/ Sumérgete ahógate distiéndete/  No te niegues el olor la sal el azúcar”. Y el poeta varón, para demostrar que es macho genuino, no se niega a dicho llamado y responde con los verbos en modo indicativo- afirmativo: “Encuentro esa flor / húmeda de rocío/ y me pondo a acariciar…/ Sumérjome,/ húndome,/ ahógome a ratos en esa flor/  o profundidad que me atrae”. Por su puesto, la invitación de Gioconda no solo era para Pantoja, sino para todos nosotros sus fanáticos lectores;  pero, es el poeta cusqueño   quien le responde con sus versos lo siguiente: hermosa, apasionada y sensual Gioconda, yo desde mi Cusco natal, tierra de sol y de piedra, con esa energía y calor cósmicos,   acudo a tu llamado de hembra y te poseo en tantas mujeres (abanquinas) que por mí han pasado y tienen de ti esa franqueza  y ese instinto de gozo carnal. “No me niego de afirmar/ que ahí llevas/ el azúcar del mundo”.

3.Abancay, capital del amor, de la inspiración y de la sensualidad  femenina 
 “Abancay
Tierra del dios hablador
Jardín de adentro
Vals interior…
Calor de hembra
En celo”
              Mario Pantoja

A sus alumnos y  conocidos, el bardo Mario Pantoja suele revelar su triple identidad: “Soy cusqueño por nacimiento, quillabambino por matrimonio y  abanquino por amante”. Las tres identidades toman como punto  de apoyo a la mujer (madre, esposa y amante) y para cada uno hay poemas en el libro aludido. De la madre nació Mario el hombre; de la esposa, Mario marido y papá, y de la amante, Mario poeta.  Y los gentilicios cusqueño, quillabambino y abanquino son espacios en los cuales ocurrieron los  tres nacimientos. Pero de estos tres espacios, Abancay es lo que más se menciona directa o indirectamente en el libro (12 en total).  Incluso en el primer poema de este libro  ya se hace alusión. Abancay es la capital del departamento de Apurímac, situado al pie del nevado Ampay y sobre el río Pachachaca. Es un valle cálido y primaveral universalizado e inmortalizado por el  taita Arguedas en su novela Los ríos profundos (1958).
54 años después, reaparece Abancay como escenario literario y esta vez en la poesía de Mario Pantoja, ya no como capital de Apurímac, sino como capital del amor, de la inspiración y de la sensualidad femenina.  Y no es casualidad que tanto en la novela de Arguedas (Salvinia) como en el poemario de Pantoja (Mercedes y Soledad), el ser que arranca versos amorosos a los autores, en aquella tierra, sea una mujer. Las abanquinas, en su andar, en su mirada, en su cuerpo y en su entrega carnal,   llevan el ritmo mágico de la poesía y el fuego interminable del amor. Son inspiración, son poesía, son fuego y memoria imborrable. 
En Los ríos profundos una abanquina inspira esta epístola poética  al niño Ernesto (alter ego de Arguedas): “Usted es la dueña de mi alma, adorada niña. Está usted en el sol, en la brisa, en el arcoíris que brilla bajo los puentes, en mis sueños, en las páginas de mis libros, en el cantar de la alondra, en la música de los sauces que crecen junto al agua limpia. Reina mía,  reina de Abancay; reina de los pisonayes floridos; he ido al amanecer hasta tu puerta. Las estrellas dulces de la aurora se posaban en tu ventana; la luz  del amanecer  rodeaba tu casa, formaba corona sobre ella…”.

Y en Memorias del deseo, otra abanquina inspira este poema a Pantoja:

LA CIUDAD DESEADA O EL AMOR

Los paltos de aroma
Son de Abancay
Un viajero de sueños
Yendo a la sangre dulce
De la de allá
Es un lugar tan acogedor
En la noche del emigrante
Protegido  por el viento
De la que yo amo
Aire de los sentimientos
Abancay
Tierra del Dios hablador
Jardín de adentro
Vals interior
El abrazo y el beso  del emigrante
Para el bien
De sus sueños alados
Una caricia en respuesta
Con la que llena  mi boca
Mi amor es ella
Los ríos de su cuerpo
Surcados por mis ojos
Ahora es la ciudad que me enciende
Más allá del deseo
Abancay
Calor de hembra
En celo
Calor del que llega
Tras un sueño
Una mirada suya
Como una luz de noche
Me es suficiente
Una dulce mirada
Desde el fondo
De sus senos afilados
O hasta el fondo de su boca
Soleada
Rapto de locura
Del que tomó su cuerpo
Despojado de un vestido azul
Una noche de agosto.

            El poema es una auténtica oda no  solo a la abanquina, sino a Abancay por ser “Tierra del Dios hablador/ Jardín de adentro, por tener Calor de hembra/ En celo”, por ser ese paraíso  donde habitan mujeres de cabal sensualidad y lujuria ardiente.  La idea se confirma cuando en Seductor por Afrodita Pantoja asevera: “allende los bosques de aire sofocante/ que te incendia/ (Abancay)/ esas hembras de cuerpos divinos/ prometedoras de gozo, son todas ellas seductoras”. Y su piel ardiente no se sabe cómo arrancar.
En los poemas de Pantoja la mujer abanquina como la bella abanquina (flor típica) es parte de la naturaleza de aquel valle del río  Mariño. Por eso el escenario del amor y del placer también  es la naturaleza abanquina: “Entre la tarde/ y mi deseo/ que se agrandan/ cómo quisiera/ llevarte al bosque./ Llevarte al bosque de intimpas/ amante mía/ para tenerte mejor”, desea el poeta.
En el poema también se leen estos versos: “Abancay/ Calor de hembra/ En celo/”, palabras que en una lectura superficial sonarían a desagrado o incluso ofensa. Pero eso no es así, en un texto artístico como el poema y en un contexto poético, las palabras ya no tienen un solo y directo significado, sino  adquieren una inusitada  polisemia y despiertan varios significados, según los ojos con que se mire.   En ese entender, el poeta al decir  “Abancay/ Calor de hembra/ En celo”, manifiesta la idea que, así como las hembras de los animales nunca fingen su estado de celo; la cordial amistad y el amor que brindan las  abanquinas son sinceros y no una actitud fingida.

V.            CONCLUSIONES
Primero: En la mayoría de los versos de Pantoja, pocas veces está presente el hombre solitario o en su mayor soledad. Siempre está en pareja (en cópula carnal) eso es muestra de que Pantoja apuesta por la unión varón-mujer, recordándonos como el cantautor Arjona “de pareja venimos y en pareja hay que terminar”. Este libro de Pantoja, por “celebrar el arte amatorio, el disfrute sexual, la pasión y la sensualidad”,  contiene la conceptualización del amor de pareja como una metáfora dicotómica que representa la VIDA (unión macho – hembra) en oposición a la MUERTE (soledad del hombre). Eso le da al poemario su dimensión universal.
Segundo: Como todo buen libro, Memorias del deseo es un tejido de textos. Prueba de ello, no solo son los poemas expuestos párrafos arriba, sino, la cantidad epígrafes y  citas  que usa el bardo cusqueño, para fundamentar conscientemente su idea, pero para demostrar inconscientemente su vicio incontrolable por la lectura de cuanta  verdadera literatura se ha escrito.
Tercero: La  imagen de Abancay que proyectan los versos de Mario Pantoja es la de una ciudad de clima tropical, de bosques y de pobladores hospitalarios y amigables con el forastero, un paraíso de mujeres bellas, sensuales, apasionadas y arriesgadas con quien las sabe enamorar. Por eso afirma con contundencia: Es un lugar tan acogedor/ En la noche del emigrante. Con este poema Pantoja al igual que Arguedas demuestra que Abancay es la capital del amor, de la inspiración y de la sensualidad  femenina. Una ciudad al cual los que no conocen quisieran ir y los que ya fueron, volver.




BIBLIOGRAFÍA
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·       RIVAROLA, José Luis. Signos y significados. Fondo Editorial de la PUCP. Lima, 1991.








jueves, 27 de septiembre de 2012

ENTREVISTA CON ENRIQUE ROSAS. CRONOLOGÍA DE VIDA Y ARGUMENTO DE MUCHAS LUNAS EN MACHU PICCHU





MUCHAS LUNAS EN MACCHU PICCHU” DE ENRIQUE ROSAS PARAVICINO

CRONOLOGÍA DEL AUTOR
1948: Nace el escritor Enrique Rosas Paravicino, en el distrito de Ocongate,  provincia de Quispicanchis, Cusco.
1955 – 1966: Cursa estudios de primaria y luego, secundaria en la Gran Unidad Escolar Inca Garcilaso de la Vega, Cusco.
 1967: Ingresa en la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco, en su Facultad de Letras y Ciencias Humanas.
 1969: Publica  Ubicación del hombre, su primer poemario.
1973: publica  Los Dioses Testarudos, su segundo poemario.
1980:  Ejerce docencia  en la Facultad de Ciencias de las Comunicación e Idiomas de  la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco.
1985: Fue finalista de la Cuarta Bienal de Cuento Premio Copé, distinción  consagratoria del mejor narrador en el Perú.
1988: Publica Al filo del rayo, su primer volumen de cuentos.
1990: Publica Fuego del sur, (cuento) en coautoría con los narradores cusqueños Luis Nieto Degregori y Mario Guevara Paredes.
1993: Fue designado Secretario peruano de JALLA (Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana).
1995 – 2010: Participa en todos los encuentros internacionales de JALLA (Tucumán, Quito, Cusco, Santiago de Chile, Lima, Bogotá y Río de Janeiro)
1994: Publica El gran señor, su primera novela ambientada en  Sinak’ara, donde se ubica el santuario del Señor  de Qoyllurrit’i.
1998: Publica La Ciudad Apocalíptica, su segundo volumen de cuentos.
1999: Fue una de los principales  gestores  del IV Encuentro  de JALLA, en Cusco.
2005: Participa en el I Congreso Internacional de Narradores peruanos (Madrid, Casa de América, organizado por el grupo Mirada malva).
2006: Publica Muchas Lunas en Machu Picchu, su segunda novela.
2009: Publica El ferrocarril invisible, su tercer volumen de cuentos.
2012: Publica Elogio de la escritura radical (ensayos)

SECUENCIA ARGUMENTAL DE “MUCHAS LUNAS EN MACCHU PICCHU”

El más  grande constructor de Tawantinsuyo, el Inca Pachacútec, estando en Cusco, en su sueño, se vio convertido en un pisonay frondoso, cuya  copa alcanzaba a las estrellas y sus raíces perforaban aun al mar. De pronto, un ave  de fuego arrancó una semilla del pisonay y voló por el cañón del Torontoy, por la ruta del valle que formaba el Willcamayo (río Vilcanota). De ahí se elevó hasta un lugar boscoso rodeado por dos cerros. Allí la misteriosa ave enterró la semilla del pisonay en que Pacchacútec se había convertido. Al día siguiente, ya despierto el emperador consultó con los sacerdotes del Ccoricancha. Estos le aconsejaron ir por la ruta del pájaro de sus sueños, hasta hallar el maravilloso lugar de sus sueños que de seguro debe existir. Pachacútec hizo lo sugerido. Al quinto día de recorrer el cañón del Torontoy, vio volar una parvada de guacamayos. Los siguió  desde el cañón hacia arriba como si se tratase de una señal divina, siguiendo la luz de las estrellas y el canto del gallito de las rocas. Hasta que por fin, un atardecer despejado subió a una terraza al  pie del cerro Machupicchu. Desde ese lugar vio un arco iris que se extendía entre la cuesta del Intipuncu y el cerro Pumasillo. Giró  mirando el paisaje que lo rodeaba. Era una zona, si bien cubierto de muchos árboles, grandiosamente luminosa. Un lugar donde era posible sentir el aliento de la divinidad y ser dichoso a plenitud. Se dio cuenta entonces que ese era el lugar de su sueño. Muy maravillado, Pachacútec agradeció a su dios Huiracocha, se postró ante el cerro Huayna Picchu, abrió los brazos con dirección al Sol, cerró los ojos llenos de llanto. Cual inspirado por el Alto, repitió  las palabras que había escuchado en su sueño: “Cielo y tierra caben en un abrazo/ cuando la mirada de Wiraccocha/ se descuelga por las rendijas de una tarde/ quemada por tanta luminosidad”. Eran los  versos del poeta sacerdote Ishuar Llaquinto, compuesto para los funerales de Lloque Yupanqui. Instantes después,  Pachacútec, decidió edificar  la ciudad más hermosa y sagrada del imperio, allí donde él se encontraba.
Transcurridos dos semanas, ordenado por Pachacútec, los arquitectos levantaron el plano del abrupto terreno. Vinieron también una cuadrilla de yanaconas que  limpiaron la  tupida vegetación; luego, los picapedreros. El bronco resonar del trabajo llenó  de ecos los cerros y los barrancos, desde la mañana hasta el atardecer. El propio Pachacutec había diseñado la maqueta de la ciudad, con sus terrazas, andenes, canaletas, los caminos, escalinatas, cementerios y despeñaderos. Pero quien dirigió la construcción fue su súbdito Apomayta. Este era el mejor arquitecto, solterón de cincuenta años, de la panaca Hatun Ayllu, hijo del renombrado  urbanista Quillahuamán. Además era un viajero infatigable y narrador ameno. Apomayta era minucioso en sus cálculos y exigente con los acabados. Él después de observar la maqueta, dispuso que la primera  obra  a levantarse fuese el Templo del Sol, por su valor sacratísimo y como medida referencial para  las posteriores construcciones.
Cinco días después, podía verse  ya el cascote del templo similar  al del Cusco. Un tunqui (gallito de las rocas) se posó en el dintel del templo y cantó eufórico. Eso fue tomado como  aceptación de  Dios. Animados por ese hecho los constructores redoblaron esfuerzos para concluir la ciudad. Muchos trabajadores sugerían ideas diversas a Apomayta, hasta que él, cansado,  decidió no oírlos más.

Cuando estaban en estos afanes, llegó un chaski, detrás de él una comitiva que cargaba un anda imperial. Todos los trabajadores hicieron un pare en sus labores y se postraron de cuclillas para saludar al poderoso inca. Pero se sorprendieron mucho, al ver que quien bajaba era una mujer hermosísima de porte señorial con finos atuendos y alhajas de oro. Ella se llamaba Nina K´uychi o Arco iris de fuego, miembro de la panaca Ccapac  Ayllu y sobrina del mismo Pachacutec. Un funcionario que acompañaba a Nina K´uychi le dio la noticia a Apomayta que la ñusta era un regalo de Pachacutec para el arquitecto, para que se inspirara en la voluptuosidad de sus dieciocho años y en la limpieza de su mirada de cuculí. Muy agradecido, Apomayta sacó con sus propias manos un taruca macho cuya carne fue guisado y ofrecido a la ñusta. Pero ella no la probó siquiera. Luego se echó a dormir durante 3 días seguidos. Después de despertar sin dar explicación a nadie abandonó el campamento y se internó en la más profunda espesura y no volvió más. Una cuadrilla de yanaconas la llamaban por su nombre. Ella no apareció, por lo que las obras quedaron paralizadas. No hallaron más a esa sensual ñusta. La noticia llegó a los oídos del mismo Pachacútec. El moviendo la cabeza dijo: “Será como quiere que sea el Alto”.

El hecho que ignoraba Apomayta, es que NinaK´uychi había roto todas las leyes imperiales manteniendo una relación sentimental con quien no debía. La sobrina era una integrante del ajllay wasi (casa de las escogidas) y no se sabe como pudo iniciar una relación con un noble del reino de Chan-Chan, llamado Llangar Pacha. Tal vez se conocieron en los días del  Huarachicuy, rito oficial del inicio de la edad viril. A Nina K´uychi le tocó encabezar la procesión de las oficiantes del fuego y atender al joven noble visitante. Lo cierto es que ambos se enamoraron perdidamente. La ñusta faltó a su juramento de preservar su virginidad como escogida que era para los oficios del Dios Sol.

Los encuentros entre  estos amantes, según  unos, fueron en la mansión  de las serpientes cerca a Pumajchupan y otros que fue en los extramuros de la ciudad.  Sharija Ragua, la matrona regenta del Ajllahuasi, sostuvo que los motivos que Nina K’uychi  argumentaba para salir del Ajllahuasi siempre eran de índole familiar. Por eso y por tratarse  de la misma sobrina del emperador ella  autorizaba los permisos. Un día, a Llangar Pacha le tocó volver al reino de Chan Chan. Por ese motivo él lloró apoyado en el Ajllahuasi. Por él hubiera preferido  ser sirviente o lo que sea para vivir en este Ombligo del Mundo, respirando el mismo aire que su amada y disfrutar de “Aquella piel suave  que se estremecía   al contacto de su mano posesiva, la frágil resistencia de su cuerpo que se abría, con placer, a los ardores de otro cuerpo…”. Ambos jóvenes arriesgaron todo por amor.

Cuando después de la separación,  Llangar Pacha, su padre y la comitiva llegaron  a Challvac en la costa norte, el joven chimú expresó su decisión de quedarse allí. Su padre que intuyó el motivo  que atormentaba a su hijo, no se opuso.  Llangar Pacha, retornó a Cusco enrolado en una caravana de comerciantes  chinchanos  que transportaban productos marinos. Ya en Cusco, el joven se separó de sus  compañeros y  se puso a merodear el Ajllahuasi y esperó que se hiciera noche.  Así a altas horas de la noche, la sensual Nina K’uychi fue despertada por el canto persistente de un búho. Desde el primer momento supo que era él. Con el pensamiento  pidió a Llangar que lo aguarde hasta la madrugada. Asimismo, alistó sus pocos enseres. Aguardó con ansias toda la noche y al amanecer, invocando a la diosa de la luna y aprovechando que llovía salió detrás  de las mujeres de servicio, sin ser advertida.  Se encontraron al pie del pisonay de la esquina. Se abrazaron y besaron  con alocada desesperación e instantes después se echaron a correr rumbo al Antisuyo, en plena lluvia torrencial y sin  intuir lo que les pasaría después.

Lo restante de esta fuga, relató un mitayo al mismo Apomayta. La regenta Sharija Ragua,  denunció la fuga. Los dos fueron capturados en Ch’itapampa y traídos de vuelta al Cusco.   Tan pronto se enteró Pachacútec  del escape, se enfureció. Declaró sediciosos y los condenó  a pena de muerte. Pero ante las súplicas de los padres de Nina y para evitar algún conflicto con el reino Chimú, el emperador conmutó la pena por  destierro de por vida en el último rincón del imperio: río Maule al sur del desierto de Atacama. Los padres de la ñusta, suplicaron más a Pachacútec y él se arrepintió de la sentencia para su sobrina y a cambio decidió  enviar a Nina a la nueva ciudad que al pie del cerro Machu Picchu estaban construyendo como ofrenda al arquitecto Apomayta y porque Nina fuera  la primera mujer en poblar aquella ciudad sagrada. Mientras tanto para el joven chimú la pena no se cambió, de todas maneras iría al destierro. Pero, antes de que se cumpla la orden, el enamorado Llangar se quitó la vida en su presidio.
Cuando el urbanista Apomayta iba a preguntar más sobre la historia, llegó hasta su campamento un picapedrero y dijo que Nina K’uychi estaba en el río, muerta. Por orden de Apomayta    se realizó el entierro, siendo la ñusta, el primer ser humano en inaugurar el cementerio. Semanas  y años después, la  historia de tanto  relatarse  sufrió variaciones hasta muchos años después, se dijo que  la muchacha era hija de Pachacútec y el joven chimú  un guerrero inca.

Apomayta, muy conmovido tardó una semana en recuperarse, luego  continuó la construcción de aquella ciudad. Después de diez años, ocho meses y nueve días de iniciado el trabajo, se inauguró la ciudad. Para la ceremonia vino  el mismo emperador y su esposa la Coya Pihuiguarmi y todos los dignatarios  como por ejemplo, el sumo sacerdote del Tahuantinsuyo, Urco Huarancca. La ceremonia empezó al medio día con el sacrificio  de una llama  negra. Pachacútec bautizó a la ciudad como  Huiñaymarca en desafío al tiempo y en alusión al vínculo entre la piedra y la eternidad. Para dicha obra los cerros Machu Pichu y Huayna Picchu contentos  aceptaron a cerca dedos mil picapedreros, novecientos albañiles y tres mil yanaconas que edificaron Huiñaymarca. Nombre que ochenta años después fue cambiado por Vitcos, para despistar a los españaris (españoles)  que llenos de codicia buscaban El Dorado.

Aquella mañana, Pachacútec repartió  edificios y viviendas entre sus novísimos moradores. Luego  derramó la chicha y bailó  con su esposa Pihuiguarmi  el Ccápac T’inca, que es la danza privativa de los monarcas.  Huiñaymarca, la maravillosa ciudad de los ritos,  fue poblada por sus primeros moradores que eran sacerdotes, ñustas, astrónomos, mamacunas, adivinos, amautas, tejedoras y sacerdotisas.  El primero en tomar la posesión  fue Pachacútec y  su palacio  Hatunhuasi, luego los dignatarios en  orden de estricta jerarquía. En ese lugar Pachacútec  meditó su  sabia legislación política y el encanto  de la ciudad le inspiró el proyecto de extender el imperio.  Con los años  murió Pachacútec de muerte natural en Cusco, diez meses después  su momia fue trasladada a Huiñaymarca y depositada entre los cimientos del templo del sol.

Por su parte, el arquitecto Apomayta, con el paso de los años, olvidó por completo a Nina  K’uychi. Fijó como residencia la localidad de Yucay. Desde esta ciudad  se trasladó  a donde le convocaba  el crecimiento  urbano del incario. A los setenta y cinco años volvió a Huiñaymarca y se alegró de hallar una ciudad activa.   En su vejez presentó  un nuevo proyecto a la corte  del Cusco: la  construcción de la Ciudad de los Amautas, pero, ya Túpac Yupanqui, había ascendido al trono. Este nuevo soberado  aceptó la propuesta y le pidió  que lo esperara hasta su retorno de un viaje a la Polinesia.  Apomayta llegó a Chan – Chan, la capital del reino Chimú. Allí  departió un banquete  con el monarca chimú Minchancaman. Pasaron los años  y como aún no volvía Yupanqui, volvió a Yucay y se volvió viejo. Y de lo que era arquitecto se convirtió en fabulador y poeta.  Un día se perdió y fue hallado tres días después. A los pocos días  entró en coma y no se recuperó más, ni siquiera cuando le contaron  que Túpac Yupanqui había vuelto de su viaje. Sus restos fueron embalsamados y depositados en posición fetal, dentro de una cueva, cerca del anfiteatro  de unos volcanes apagados.

Desde aquella tarde de los ritos, Pachacútec se quedó en Huiñaymarca  cuatro lunas y dos semanas. Tal vez se hubiera quedado más, pero, una pavorosa hambruna se había desatado  en la región Collao, matando a miles de aymaras. Tres años continuos de sequía había sido la causante. Frente a ello Pachacútec remitió desde el Cusco veinte mil cargas de alimentos. Pero ni aún así, pudieron calmar su hambre. Niños y mujeres salían en procesión implorando la lluvia a Apu Kon Ticsi Huiraccocha. Incluso sacaron una momia antiquísima en Yunguyo. La procesión de hambrientos invadió territorios cusqueños como Canas y Chumbivilcas.  Los lugareños  les alcanzaban  comida, pero, no los alojaban. Los hambrientos, ubicados en las alturas  de los pueblos  empezaron a bailar al ritmo de sus zampoñas y tambores  imitando a los zorros. Más tarde imitaron a los jaguares y pedían  que les  den mujeres. Los lugareños  dieron a Munay Cantu, hija menor del curaca Llallapara. A ella  los aymaras pusieron de cara al este y de espaldas a su aldea y la engalanaron con plumas y flores.  Al cabo de  mucho girar y retorcerse, el dios jaguar pidió la presencia de la muchacha. En cuanto la llevaron, el dios felino  extendió el cuerpo de la muchacha en la tarima del sacrificio.   El  danzante  con un cuchillo de obsidiana en la mano, lanzaba atroces plegarias hasta  que la luna oscureció por completo. Los lugareños interpretaron ese acto de brujería como una profanación contra Huiraccocha. Enardecido  atacaron a pedradas a los aymaras, llamándolos, brujos, diablos y  qhenchas. Se desató  una gresca con varios muertos y herido. En medio de ello, un mitayo recuperó  a Munay Cantu viva. Cuando  miró el cielo  dijo que Mama Quilla  estaba sangrando.  Pero felizmente la luna recuperó  su color. Lograron expulsar a los aymaras y todo volvió a la tranquilidad, menos                 Munay Cantu, que al quinto día enfermó de gravedad. Una  insoportable  calentura le hacía delirar. Habló en  la vieja lengua  de los tiahuanacos y terminó profetizando un cataclismo. En su agonía pronunció: “Hanaq pachaq sutimpi hamusan” (viene en nombre del altísimo). Murió como si hubiera sido sacrificada de verdad y nadie prestó atención a su mal presagio.


A la tarde siguiente, por entre los barrancos de Llallapara, apoyado en su bastón de viajero, apareció Raurac Sallo, el Profeta Negro del Altiplano, el más enigmático de  los sacerdotes collavinos, considerado como un auqui por haber salido del  lago Titicaca. Era pues, un Uru legítimo; es decir, poblador de la isla flotante de los Urus. Al atardecer lo vieron en Pichigua. Tres días después acampó en la misma meseta donde  bailaron  los aymaras. No pidió alojamiento ni comida. Hablaba  además del quechua, todas las lenguas del imperio. Confesó  ser el  portavoz iluminado del Hanaq Pacha. Un día fue arrebatado  por  Illapa (dios del rayo). Estuvo en el cielo veintiún años terrestres, que en el cielo es una semana. Allá   de la misma  boca del Huiracocha, escuchó una verdad cruel y durísima, que comprometía el destino del género humano.  Raurac Salló reveló que la humanidad estaba pronto a ser destruido, por haber  cometido una de las peores  culpas.  Sucede que Huiracocha quiso sondear el alma de los hombres.  Con tal propósito salió  del mar de Tumbes, disfrazado de mendigo  harapiento, con rumbo al Altiplano.  En el viaje padeció miles de vejaciones. En el valle de Chicama  fue capturado por unos guerreros chimús. Tres noches después, fue sacrificado y sus huesos fueron  banquete de los gallinazos. A la mañana siguiente,  resurgió de sus cenizas y prosiguió su camino. Una semana más tarde fue capturado, tildado de yanacona,  trabajó como esclavo, hasta que fue picado por una víbora, pero no murió.  Los otros trabajadores lo botaron a pedradas acusándolo de brujo. Ya en tierra de los huancas, se transformó en un rico ganadero. Entonces, fue recibido con honores, banquete y música en cada pueblo. De eso, Huiracocha sacó una conclusión: “que este mundo  no sólo era defectuoso, sino, que estaba  hecho  a la medida de la necedad de los hombres. Porque si eres  pobre o forastero eres el blanco de la perversidad de los mortales. Y  si eres rico, te conviertes en el   fetiche  ridículo  de las vanidades y las zalamerías de todos”. Por eso, ante la perplejidad  del gentío se transformó  en cóndor. Se elevó hasta la altura del Sol. De allí bajó rodeado de millones de aves  en dirección al Lago Sagrado. En ese mismo instante, un niño balsero de la isla de Uru, estaba resolviendo un acertijo que le había planteado el pez más viejo del lago. Ese niño era Raurac Sallo. Fue envuelto por un viento volcánico, que lo llevó hasta el tercer cielo. Allí permaneció veintiún años dedicados a la meditación. Cuando despertó ya se encontraba en su isla natal. Constató que sobre el Altiplano, se había tendido una hambruna infernal. Confeccionó su cushma con piel de huanaco,  oró a Huiraccocha y salió  por el mundo  a cumplir  la misión que  el Alto le había encomendado. 

Un chaski informó al Sumo Sacerdote, que el tal brujo del Altiplano venía al Ombligo Solar alborotando  a los runas con su profecía, con una muchedumbre de seguidores. El inca ordenó vigilar a tal hombre. En verdad, familias enteras seguían al brujo  y lo imitaban.    Raurac Sallo, donde se detenía predicaba  las peores calamidades contra el género humano. “El Tayta Inti se apagaría  como una hoguera y la luna se derretiría  como un bloque  de hielo negro”. Ponía a la epidemia  contra los aymaras como un anuncio. Las mujeres al escucharlo prorrumpían en llanto. Algunos  llevaban y le ofrecían canastas llenas de frutos y comida. Él rechazaba; prefería su coca, sus raíces, culebras y lagartijas. Especialmente su ayahuasca, planta alucinógena.  Preguntado por un albañil, a qué iba a Cusco el brujo respondió: “para poder yo entrevistarme con  el emperador y ponerle al tanto de los designios que el Alto me encomendó anunciar… precisamente yo tengo que aconsejarle al magnánimo Inca, sobre la necesidad de cambiar las formas de culto al Radiante Civilizador. Tenemos que decirle que Apu Kon Ticci Huiraccocha exige que lo adoremos  más que a las Huacas…”.  Para entonces,  los peregrinos  se encontraban en las peñolerías de Rumiccolca, cerca a Cusco. Cuando de pronto, un hombre  elegante con manto azul e insignias de funcionario los detuvo y les preguntó, por quien era Raurac Sallo. Nadie  respiró, ni tosió, ni carraspeó. “¡Repito una vez más!”- rugió el dignatario de manto azul-. ¡El tal Raurac Sallo que dé tres pasos adelante para ser identificado!”. Una mujer  y un  anciano  dieron el paso. Otros iban a seguirlo y antes de que eso ocurra, el Huillca Uma, dio la orden fatal y desde los matorrales salieron los soldados a matar a los peregrinos. Con mucha crueldad llegaron a asesinar a cuatro mil cien hombres entre mujeres,  niños, jóvenes y ancianos. En cuanto a Raurac Sallo, nadie supo cómo se salvó de la matanza ni qué rumbo tomó.  La corte imperial puso  un precio a su cabeza: quince topos de terreno maizalero en el Valle Sagrado, para quien diese noticias de su paradero. Transcurridos muchos meses, pasaron  catástrofes y  hechos curiosos en Cusco, pero, del predicador subversivo no se supo nada.   Luego de un año y tres meses de aquel hecho, cuando el inca y sus  consejeros y militares, acordaban conmemorar los quince años de la victoria militar sobre los chancas, llegó un chaski e informó que el tal Raurac Sallo, había sido localizado en Huiñaymarca, la ciudad sagrada. Los consejeros sugirieron que lo traigan a Cusco, para su ejecución. Otros en cambio proponían otra acción.  Cuando estaban en eso, apreció otro chaski, anunciando que el profeta había muerto desbarrancado. Su cuerpo  fue encontrado en el río Huillcamayo.


La noticia de esta muerte llegó a los aymaras y los conmovió mucho. Entro ellos  al anciano Sangar Catacora. Durante un mes entero  en la isla de los Uros del Lago Sagrado, se escuchó  sonidos fúnebres y se realizó sacrificios humanos. Eso no cayó bien a Pachacútec, que lo tomó como  rebeldía.  Ordenó entonces, la edificación de templos incas. Pero los aymaras se habían sublevado. Ante ello, el emperador ordenó a su hijo Túpac Yupanqui, derrotar a los  aymaras sediciosos.  Él  lo asumió como un  reto. Se dirigió  junto con el  general Molletupa al Altiplano.  Cuando ya estuvieron cerca a Ayaviri, les salieron al encuentro cinco aymaras. Eran los emisarios del patriarca Catacora y traían una propuesta  de vasallaje al Inca.  Minutos después, apreció  el mismo anciano Catacora y pidió  perdón al hijo de Pachacútec. Tupac Yupanqui, tomó juramento de fidelidad  al viejo y le perdonó por los desatinos de su pueblo.

Tras la muerte de Pachacútec, asume el poder su  hijo  Túpac Yupanqui, cuya mayor proeza fue haber llegado a la Polinesia. A la muerte de Yupanqui, asume el trono Huayna Ccapac  a los veintiún años. Hasta entonces Huiñaymarca era el centro ceremonial más sagrado del Cusco. La intelectualidad más brillante  del Tahuantinsuyo vivía allí. Uno de ellos era el joven Astor Ninango, aspirante a ser quipucamayoc, astrónomo o amauta. Hijo  del más grade amauta, Huillcanina.  Desde  la ciudad sagrada,  sus habitantes, se enteraron de la muerte de Huayna Ccapac y tras ello sobre la inevitable guerra entre Huáscar y Atahuallpa, con el terrible saldo   de la muerte de Huáscar.  Asimismo, la llegada de los blancos y barbados españaris. Desde entonces,  se inició  para el Imperio inca, la Edad del Murciélago.  Así fue denominado  por el astrónomo  los tiempos  confusos desde la llegada de los españaris.  Estos advenedizos decían ser la espuma del mar, los emisarios divinos del Radiante Civilizador. Más tarde ellos mismos se hacían llamar  Huiracochas o dioses.  Llamándose así, mataron a Atahaullpa y en Cusco fueron recibidos como dioses. Enterados por el chasqui, los  pobladores de Huiñaymarca  sintieron mucho  la muerte de Atahuallpa, en especial  Quillahuamán. Este era un  prestigioso sacerdote   que ofició  el último rito fúnebre en la Ciudad Numinosa.  Terminado el ritual desapareció, tal vez, adivinando el desplome del imperio. Aún así, los pobladores mantuvieron contacto con los cusqueños y especialmente con Manco Inca, que ahora había sido declarado inca  por los mismos españaris.  En el Tahunatinsuyo, una enfermedad desconocida mataba a niños y a los mismos hombres. Los habitantes  dedujeron que esa enfermedad  la habían traído esos bardados que estaban en Cusco, atendidos como dioses por el mismo Manco. Pero de divinos no tenían nada. Pues eran  codiciosos y lujuriosos.  Estaban acabando con el oro y la plata  que adornaban los templos y con las ñustas del Ajllahuasi.  Recelosos de estos codiciosos barbados, los de la Ciudad Sagrada, a fin de que los españaris, nunca se enteren de ellos y de la ciudad, decidieron cambiar de nombre. Así Huiñaymarca, se llamaría Vitcos.   Y para que nunca ni siquiera se aproximen por allí  empezaron a difundir la existencia del Paititi, una ciudad  hecha de planchas de oro  y cornisas de esmeralda y poblada solo por mujeres.  Cosas que tanto deseaban los españaris.  Estos,  maravillados por el relato se aventuraron a buscar el Paititi, relacionándolo con El Dorado. Después de tanto indagar  solo hallaron  el río Amaru, al cual cambiaron de nombre  llamándolo Amazonas, en alusión  a unas mujeres fantasmales que en su delirio creyeron ver.   Con esto, realmente  los españaris nunca llegaron a la ciudad sagrada de los incas.

Cuando Astor Ninango, se encontraba en uno de los huertos  de su casa en Vitcos, junto a su concubina Sumac Sara, el gigante Ayar Choquehua le comunicó  que el padre de Astor había reaparecido.  Este se alegró al igual que todos los moradores. Entró en la Casa de los Sortilegios, donde el consejo de amutas estaba deliberando  sobre el asunto.  Cuando Astor entró  el patriarca Sulk’apuma, le ordenó que vaya a buscar a su anciano padre y también recoger los pormenores de la sublevación de Manco Inca contra los españaris. Astor que hace cuatro días había cumplido los veinte años, aceptó la orden. Era la segunda vez que iba a Cusco. La primera fue   cuando  de niño  acompañó a su padre, quien  quería convencer al emperador de  la necesidad de registrar los hechos e ideas con un sistema superior al de los quipus. Muy de madrugada Astor Ninango partió en compañía de un guía rumbo a Cusco.  En el camino se encontró con un alma  en pena que  buscaba la ciudad sagrada.      

Cuando ya estuvieron cerca de Cusco, Astor y su compañero  vieron  cómo una multitud de hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos iban  a Cusco, a unirse con  Manco Inca y   a expulsar a   los  codiciosos españaris.   Astor se unió a ellos, cuando de pronto se encontró con su primo Quishuar Sayac, valeroso militar. Este lo llevó ante el mismo Manco Inca. Ya en la tienda de este  inca rebelde, Astor conversó con él. Manco le dijo que lo conocía desde la vez que una  comitiva llegó a Vitcos y manco era el único niño de dicho séquito  imperial.  Recordó otra oportunidad más. Luego le dijo  que la    batalla contra los españaris los convocaba. Pero a Astor no le dijo que participara  en dicha batalla; sino, que fuera a Paucartambo      porque allí estaba su padre el gran sabio Huillcanina, el último sobreviviente de la Benemérita Sociedad de Amautas del Cusco.  Astor antes de partir  pidió a Manco Inca, que después de llevar a su padre a Vitcos, lo acepte como soldado en su ejército. El soberano aceptó.  Cuando, Astor iba  rumbo  a Paucartambo, escuchó  el rumor aterrador de la guerra. Los incas sitiaban  el Cusco y los españaris respondían con terribles cañonazos.  Por momentos Astor quiso regresar y unirse a la lucha. 

Luego  de la agotadora caminata, Astor se echó a descansar un rato. En su sueño, vio el rostro de su padre que había muerto. Despertó asustado y prosiguió su caminata. En el trayecto evocó lo que de su padre  le habían dicho, entre ellos que Huillcanina era  de la misma panaca que Pachacútec. Cuando llegó a Paucartambo, encontró un pueblo  sin gente; porque, todos se habían ido a la guerra contra los españaris.  Siguió avanzando entonces, se encontró  con un niño aymara, que le indicó el lugar que buscaba. Luego se encontró también con  Ishuanco, quien lo guió hasta el encuentro con su padre. Huillcanina se hallaba en la casa de este Ishuanco.  Llegaron hasta allí. El anfitrión le relató que toda la noche lo había llamado. Astor  entró contento al encuentro con su padre, pero este se encontraba muerto.  Ishuanco y Astor cantaron el ayataki o canto de los difuntos.   Al atardecer un pequeño cortejo fúnebre  partió rumbo a la ciudad oculta.  Mientras avanzaban, Astor recordaba muy adolorido a su padre el gran Sapan Huillcanina, hombre inteligentísimo, de admirable  memoria. Conocía y almacenaba en su memoria “la complicada sucesión de dinastías, la urdimbre de los parentescos, el régimen de las panacas, el origen de las sangres y los nombres”. Este sabio  en su mayor lucidez  inventó  un sistema de escritura llamado qhelqarimay.  Jubiloso por el invento, Hillcanina viajó a Cusco a exponer su proyecto al inca Huayna Ccapac.  Como ayudante y confidente estaba su hijo Astor. Explicó en la corte dicho proyecto de la manera más sencilla posible. El sistema consistía en setenta y nueve signos de formas caprichosas pintados con óxido  de ceramista en cincuenta planchas  de madera ishpingo. Usando los signos que representaban sonidos, para luego palabras e ideas, el   sabio Huillcanina representó la derrota de los Chancas por Pachacútec.  Muchos del consejo objetaron el invento. Pero el inca Huayna Ccapac, dispuso de los analizaron los amautas.  Esto  ocurrió  en Yucay, donde se reunieron los más sabios del Tahuantinsuyo, quienes aprobaron el proyecto.    Pero no así los integrantes del consejo, que siempre posponían su aprobación, hasta que murió el inca, luego sus hijos se enemistaron y al final llegaron los españaris.

Contra todo pronóstico perdió Manco Inca. La noticia llegó a Vitcos y los enlutó el alma. Astor entonces,  ya al mando de Manco Inca, derrotado y retirado a Vilcabamba, asumió  la jefatura  de una misión especial y se entrevistó con un  español emisario de    Diego de Almagro, quien proponía alianza contra los pizarristas.  Manco Inca, rechazó  la supuesta alianza. Astor se había convertido además en  sinchi o capitán del ejército inca de Vilcabamba. Estando en  esas acciones bélicas se enteró  de la toma de Cusco por los almagristas.  Pero luego Almagro fue derrotado. Además un  almagrista a quien Manco le había dado refugio  en Vilcabamba, lo había matado. Muerto Manco Inca, le sucedió en el trono   su hijo Sayri Tupac, pero él murió joven y le sucedió en el trono Titu Cusi Yupanqui, quien  fue muy tolerante con los curas españoles. Uno de ellos lo mató justamente, Diego Ortiz,  en complicidad con el escribano Martín Pando. Tras la muerte asumió el poder el joven Túpac Amaru, quien rechazó toda tentativa de acercamiento con los españaris. Astor Ninango estuvo durante cuatro años bajo las órdenes de Túpac Amaru.

Después de treinta años de ausencia, enterado de que la espantosa enfermedad de los españaris está aniquilando vidas en Vitcos, Astor pidió permiso al inca y  volvió a su ciudad natal. Ya allí fue recibido por la vieja hechicera Illa Aya. Preguntó por su mujer Sumac Sara y por su hija. Ella le respondió que su mujer había muerto y  que gracias al Altísimo su hija no estaba allí; sino, en Pomacanchi casada con un militar alfarero. Luego, se presentó ante él un  chasqui, para decirle  que el ejército del maldito virrey  Toledo iba hacia Vilcabamba. Eran más de cuatro mil enemigos.  Él dijo entonces que partiría  de inmediato; pero, el Chasqui le dijo que no que por orden del mismo inca, tenía que quedarse en Vitcos, para  cuidarla. Astor organizó un ejército para defender Vitcos, pero, llegó otro chasqui con la mala notica de que Túpac Amaru  había sido capturado y ahora lo llevaban a Cusco. Muy entristecido  consultó con la hechicera  Illa Aya. Ella propuso ayunar  durante diez días seguidos. Así lo hicieron.  Illa Aya seguía  todos los pormenores sobre Túpac Amaru. En su condición de hechicera,  vio el  horrendo crimen de los españaris contra Túpac Amaru. En su desesperación la bruja invocaba a todas las huacas y dioses, para que eviten el suplicio, aún con terribles gritos de dolor y llanto en sus ojos al igual que todos los habitantes de la ciudad sagrada.  Pero siempre murió el último inca.  ¿Qué hacer ahora? ¿A dónde ir? Todos lo sobrevivientes lloraron. Tal vez sabían que el fin ya llegaba sobre  Vitcos. Astor convocó a una reunión urgente para tomarla una decisión.   
Muchos años después, ya en Cusco,  Astor Ninango de aproximadamente noventa años,  reposando en una casa de la calle Pumacurco,  relata a su nieta María Palla el éxodo que habían emprendido los habitantes de Vitcos: “La tarde  en que la ciudad  se borró ante nuestros ojos, envuelta en la lluvia y el abandono, yo hice el último acto de despedida en nombre de todos. Y al postrarme ceremonioso  en la cumbre, presté oídos al viento  y al eco del río que subía por los barrancos.” Cuenta, asimismo, que en ese instante oyó la voz de su mujer que le dice: “Vamos, vayan todos al Cusco que es allí  donde aún  germina nuestra semilla… la tuya, la mía, la del linaje. Cerca del Cusco está nuestra hija”.  Recuerda también  que aquella tarde era tormentosa. Y que aun así  hombres, mujeres y niños luego de muchísimos pesares y desahogos, abandonaron la  Ciudad Sagrada. Bajo una lluvia torrencial, y bajo  mortales fogonazos, consiguieron reagruparse  en el Intipunco, setenta últimos moradores. De ahí rumbo a  Cusco. 
Muchísimos años después de esta  triste partida, el nombre de la ciudad fue olvidado. Y las siguientes generaciones, terminarían llamándola Machu Picchu, por el cerro que lo rodea.
Llegaron  a Cusco después del cuarto día de la partida y esperaron para entrar la noche. Cuando ya todos estuvieron dormidos, ingresaron a Cusco. Los perros, antes que los humanos, se percataron de su presencia.  En Cusco fueron en busca de Saico Maratambo. Pero este había, muerto, por eso les recibió su hijo Silvestre a los setenta  que eran. Esa noche cuando Astor y Silvestre  conversaban llegó  el españari Diego Almirón, corregidor de la ciudad y  jefe de la milicia local. Por cierto,  amigo del Saico Maratambo. 

El anciano Astor cuenta a su nieta, que  el  virrey Francisco de Toledo es el más maldito de los españaris. Por eso, ellos  lo habían apodado El  Diablo negro o La Baba de la Muerte. Este criminal   hizo matar a Túpac Amaru e instituyó en el Cusco la ejecución mediante el degüello. Así habían cortado la cabeza del último inca de Vilcabamba.  Astor cuenta que después de la ejecución, en Cusco, el suplicio, el dolor y los gritos estaban en el mismo aire, en las paredes de los muros. Esa noche  Astor Ninango salió  con dirección a la plaza. Se topó con una procesión de almas en pena, muertos  en la guillotina.  Ante tanto dolor identificaron la cabeza de Túpac Amaru en la punta de una estaca, exhibida como escarmiento.  Lo bajaron y vieron que aún estaba intacta.  Al día siguiente se contaban infinidad de versiones sobre aquella cabeza desaparecida. Todas coincidían que dicha cabeza volvería algún día a su humanidad reconstituida  en un nuevo Pachacuti. De ese entonces  quinientos años, mil años, tal vez más. Pero la cabeza lo tenían los  venidos de Vitcos. Luego recordaron a Urpi, la  hija de  Astor Ninango y  madre de María Palla. Esta última dijo a su abuelo que ya era tarde, que le va a preparar su cena, porque más tarde tiene que verse con  su prometido Sanguillo.
Un día, María Palla y su novio Sanguillo están contemplando al anciano Astor. Ella le cuenta que su abuelo tiene más de noventa años, pero una memoria de joven  y cuenta todo lo que sabe  sobre los incas, que habla perfectamente el mochica, el aymara y el aru, además del quechua. Entiende también el castellano.  En eso despertó el venerable anciano y preguntó quién andaba por ahí. María Palla dijo que era ella acompañado por su novio  Sanguillo. Este se dirigió a Astor  con mucha  ceremoniosidad.  Le confesó que quería mostrarle algo. Pero primero confesó que era sobrino de un muy ilustre señor descendiente  de los incas, que vivía en Montilla, España.  Se llamaba Gómez Suárez de Figueroa. Y le dijo: “… esta cosa especial que hoy traje para mostrártelo es de él. Toma padre mío, pálpalo. Es un libro que trata sobre la historia de los incas. ¡Anda! Sujétalo fuerte con las manos.  Lo ha escrito mi tío  en España,  en gran parte con las informaciones  que le hemos enviado sus parientes, desde Cusco”. Con la postura  de ciego, Astor palpó el libro, lo acarició con mucha solemnidad. Incluso reveló que ese Gómez Suárez era también Garcilaso de la Vega. Ante esto, María Palla y Sanguillo, le preguntaron sorprendido de dónde conocía eso.  Astor dijo que  él había contado mucho sobre los incas a los parientes de Garcilaso. Sanguillo también reveló que él  fue quien escribió dichos relatos para mandárselo a su tío.  Sanguillo  le pidió venir a la casa y escuchar sus relatos, el anciano aceptó.
A la mañana siguiente de la desaparición de la cabeza de Túpac Amaru, el bárbaro Toledo  montó en cólera y ordenó la búsqueda  y castigo para el sustractor. Astor y los demás venidos de Vitcos, cuidaban  con recelo aquella cabeza, que por cierto cada día estaba lozana, sonriente como si no se hubiera separado del cuerpo vivo.  Una semana después,  los solo cincuenta varones de Vitcos partieron rumbo a  la cordillera del Ausangate, llevándose con ellos la cabeza del joven y último inca en una vasija. Lo hicieron disfrazados de bailarines y músicos, agrupados en cuatro  comparsas.  Al atardecer de ese mismo día divisaron  al Apu Ausangate.  Se postraron ante él, emocionados convencidos  de que en esas alturas los dioses incas continuaban vivos. En el camino se encontraron con una rara procesión  en la que unos hombres cargaban la estatua de una  señora que dicen era madre de Cristo. El cura interrogó  adónde iban y quienes eran. Astor respondió  que eran yanas de  Francisco Barbierto de la encomiendo de Guayllabamaba.  Y llevaban una cruz como regalo a los de Mahuayani. El cura siguió preguntando y esta vez sí sabía rezar en cristiano. Astor dijo que lo estaba aprendiendo.  El sacerdote cristiano  elevó una oración a su dios.
La comitiva de Astor llegó por fin a Ocongate, allí  velaban  a diez víctimas de la viruela.   Al medio día del jueves llegaron al pie del nevado Callangate. Allí  en una ladera, los últimos habitantes hallaron lo más sagrado que buscaban: la gran Huaca Pumaraura, la más venerada por la población inca desde el tiempo de Túpac Yupanqui. Luego Astor se rencontró con Felipe Hualla, más conocido como  el Takiongo de Rayanmarca, de Parinacochas. Allí había estallado, la rebelión de resistencia de la religión inca contra los extirpadores de idolatrías, liderados por Juan Ch’oyñi. Felipe Hualla, contó sus luchas con los takiongos y como llegó  hasta el nevado Callangate. Y mostró el  tejido que Astor le había regalado a nombre del inca.
Ya en  Cusco y tosiendo fuerte,  el anciano Astor relató a su nieta María Palla y a Sanguillo. “Al amanecer de ese viernes escalamos las nieves resbaladizas del Callangate…”.  Luego como guiados por el takiongo llegaron a la misma cima del Callangate. Ya allí, Astor se vistió con su traje de guerrero inca. El sol acababa de salir.  Un  hombre  hizo hueco. Astor sacó  de la caja, la cabeza  de Túpac Amaru y  levantando al sol  exclamó: “Mira padre, esta es la cabeza  de tu último hijo”… ¡La hemos rescatado de la  humillación de ser exhibida al gentío, y la hemos traído  a este lugar  sagrado  para que pase la eternidad  aquí en la nieve, bajo la custodia de los apus tutelares...!  Un zumbido de pututus acompasaba  las palabras de Astor. Él levantó más alto la cabeza y enterró acompañándola con un prodigioso grano de maíz.   Fue también el primero en dejar en la fosa, bloques de nieve, luego le siguieron otros en estricta jerarquía.  Cerraron la ceremonia con  el baile Danza del guerrero.  Seguidamente, vieron a tanta gente que avanzaba  adonde estaban ellos.  Era una multitud de hombres que venían a despedirse o a adorar al último inca. Emocionado, Astor dijo sobre quienes recordarán a Túpac Amaru: “esta gente  esperanzada… los hijos de estos que, a su vez, engendrarán  otros hijos…” Y le comentó a Felipe Hualla: “¡Hasta podemos institucionalizar una peregrinación  anual  a este nevado!”. Y explicó: “Que cada año pudiesen venir comparsas de músicos y bailarines a este lugar, de visita al inca… Tal vez  los peregrinos podrían venir  con la apariencia de adorar a alguna de esas tantas cruces que los españaris han alzado en las  apachetas”.  Luego bailaron, danzaron contentos con los nuevos peregrinos; porque,  eso en el futuro sería así, que el lugar donde está la cabeza del último inca, sería  visitado  anual y eternamente.
Fin


DIÁLOGO CON ENRIQUE ROSAS PARAVICINO
Por Niel Palomino Gonzales

Dueño de una narrativa artísticamente bien labrada y universal, Enrique Rosas Paravicino es uno de los más destacados narradores cusqueños de fines  de fines del siglo XX e inicios del XXI. Reconocido como tal por la crítica especializada y por las antologías narrativas más serias. Si hay una novela cusqueña contemporánea que trascenderá el tiempo, esa es Muchas lunas en Machu Picchu,  que por el genuino incaismo que se siente y palpa en sus páginas  es los Comentarios reales del siglo XX.

En esta, el tema transversal  es  la fundación, florecimiento y éxodo de una sociedad y una cultura: la incaica, asemejándose por ello,  a Cien años de soledad del gran Gabo. A dicho eje temático, como sucede en las mejores novelas de la literatura universal, se suman temas como el amor, la muerte, la lucha, el valor heroico, la magnanimidad de sus personajes, la traición, las fiestas, la peste, el dolor, la guerra, la paz,  la sabiduría, la juventud y la vejez; es decir, toda la humanidad.  En suma, Muchas lunas en Machu Picchu es, para decirlo con la voz de nuestro Premio Nobel, una novela total.

1.    Mario Vargas Llosa en su Cartas a un  novelista dice: “El novelista no elige sus temas; es elegido por ellos”. Díganos, ¿por qué decidió escribir Muchas lunas en Machu Picchu, qué le ha motivado su escritura?
     Conozco ese juicio de Vargas Llosa. Es interesante. Pero yo escogí deliberadamente Machu Picchu como tema de novela, por la atmósfera de magia y misterio que trasunta la ciudad. La idea la fui madurando durante muchos años, al tiempo que me sumía en lecturas de narrativa histórica que guardasen analogía con el pasado prehispánico de Perú. Novelas como “Los últimos días de Pompeya”, “Salambó”, “El nombre de la rosa” y “Los perros del paraíso” fueron ayudándome a delinear el argumento. Las fuentes propiamente históricas las hallé en los textos de Luis E. Valcárcel, John Rowe, Alfredo Valencia Zegarra, Marino Sánchez y otros especialistas. Fue una experiencia maravillosa. Noche y día tenía presente aquella frase de Thornton Wilder: “El viaje de la imaginación a un lugar remoto es un juego de niños, comparado con un viaje a otra época”.

2.   El genio del Realismo francés, Balzac, había dicho que “la novela es la historia olvidada de los pueblos”, es ¿Muchas Lunas en Machu Picchu, una novela histórica?
     Así es. “Muchas lunas…” se inscribe en la vertiente de la novela histórica. Su propósito es reconstruir ficcionalmente lo que pudo ser Machu Picchu. Recordará usted que Pablo Neruda en su famoso poema “Alturas de Machupicchu” se pregunta: “Piedra en la piedra, el hombre ¿dónde estuvo? / Aire en el aire, el hombre ¿dónde estuvo?” Pues bien, mi novela es una respuesta a este Premio Nobel. Es una forma de decirle en prosa compacta: “Aquí está el hombre por el que usted pregunta, poeta Neruda. Esta es la gente que habitó Machu Picchu; he aquí las pasiones, amores y padecimientos que llenaron el aire de la ciudad. Aprecie al Inca Pachacútec bailando con la Coya en el día de inauguración de la ciudad. Mire a estos personajes venidos del pasado: unos son amautas, otros astrónomos; tampoco faltan las sacerdotisas, los guerreros, los chasquis, los arquitectos, las hechiceras. Es decir toda una galería de sujetos, con sus respectivos roles en la trenza argumental.

3.   En su novela, usted postula que el nombre con que bautizó Pachacutec a nuestra ciudad sagrada no fue Machu Picchu (Picacho Viejo), sino WIÑAYMARCA (pueblo de la eternidad). Luego, temiendo que los españoles  llegaran hasta allá, los mismos pobladores de aquella ciudad  terminaron llamándola Vitcos, ¿en qué se basa Ud. para dicho postulado?
     Más que basarme en fuentes históricas, yo elaboro mis propias deducciones, porque estoy convencido de que el verdadero nombre de la ciudad tuvo que ser otra, probablemente uno de fuerte resonancia poética. Alguna vez, un viejo profesor mío decía que pudo haber sido “Wiñaymarka” (ciudad eterna) ¿Y por qué no? Dado que la razón de ser de Machu Picchu era el bienestar espiritual, la comunión con la divinidad, la reafirmación del binomio hombre-naturaleza, es probable que su nombre haya sido algo connotativo de paz, meditación, magia y sensación de eternidad.

4.  Otra hipótesis suya es que aquella ciudad  sagrada fue poblada hasta  la muerte de Túpac Amaru I, luego, a causa  de este asesinato, se produce un éxodo que termina en el Ausangate, donde es enterrada la cabeza del último joven inca, ¿cuál es el sustento para que esto ocurra así?
     Me baso en el dato histórico que aporta Luis E. Valcárcel, esto es, que el éxodo de los últimos habitantes de Machu Picchu pudo haber sido en 1572. Bien sabemos que este año el virrey Francisco de Toledo llevó a cabo la campaña de Vilcabamba, con un saldo decisivo consistente en la derrota final del último inca, Túpac Amaru, quien luego de ser traído prisionero al Cusco, fue ejecutado en la plaza de Awqaypata. También las investigaciones etnológicas nos refieren que el mito de Inkarrí tiene su origen en este período, en la muerte del indicado monarca. Este episodio de la historia es el que me sirve de eje para construir la trama de la novela.  Es más, ahí radica el sustento de rigor. Los demás elementos corresponden a la ficción y, como tales, están más en los predios de la verdad poética que de la verdad histórica.

5.   Según infiero  de su novela, Paititi es entonces una invención, un mito. Le pregunto esto porque, sobre el caso se ha escrito varios relatos cortos y extensos que defienden su existencia real y Ud. es el único  narrador que parece negarlo.
     Ni lo niego ni lo afirmo. El Paititi en el Perú forma parte del imaginario popular, desde los orígenes de la colonia. En la novela, lo enfoco como un ardid inteligente de los incas para despistar a los españoles y mandarles de paseo por las selvas más inhóspitas. Era una manera de proteger Machu Picchu de los depredadores. ¿Se imagina usted?  Si las huestes de Pizarro y Almagro hubiesen dado con dicha ciudadela, no hubiera quedado piedra sobre piedra. La hubieran arrasado con el argumento de que era el centro de los adoradores del demonio. En todo caso, los incas han tenido que haber seguido alguna estrategia inteligente para mantener alejados a los españoles de espacios sagrados como Machu Picchu y Chokekiraw.  

6.  Mucho  fluye en su novela un lenguaje incaico, garcilasiano, cusqueño, andino. Tal  parece que las frases  de Astor Ninango (personaje central de su novela) son  suyas, es decir, sentidas por Ud. Acaso Astor no es su alter ego, es decir Ud. mismo ¿Cuánto de Enrique Rosas hay en ese último  poblador vivo de Machu Picchu?
     En los juicios del protagonista hay mucho de uno. Siempre el autor se expresa sutil o abiertamente a través de alguno de los personajes. Ciertamente Astor Ninango es mi alter ego. De haber yo nacido en  aquel tiempo, me hubiera gustado ser como él, así proteico y multifacético. Es astrónomo, cazador, viajero, espía, guerrero y líder de un pueblo.

7.   La lectura de su novela me ha traído a la memoria aquel libro interesante que escribió un  chalaco, seguro lo ha leído: Buscando un Inca de Flores Galindo y, también ese mito que fue  ansiado por Guaman Poma, por Garcilaso y por Arguedas y sigue siendo la esperanza nuestra; es decir, el mito  Inkari, ¿por qué  insistir en el  mito, por qué seguir buscando  un inca?
     Aparte de la propuesta de Flores Galindo y de los discursos de Guaman Poma y Garcilaso de la Vega, el mito andino viene a ser el contradiscurso popular de la historia, la respuesta de los subalternos ante la versión oficial de los acontecimientos. Durante siglos se nos enseñó que la conquista del Perú fue una misión civilizadora de Occidente, o que Francisco Pizarro viene a ser el paladín central de nuestra nacionalidad. Es más, se nos  formó en el falso mito de la hispanidad, o sea, celebrar el 12 de octubre como el “día de la raza”, esto es,  una forma de reconocer, arbitrariamente, a los ibéricos como el tronco hegemónico del que surgen las naciones hispanoamericanos. ¿Y dónde quedan los incas, aztecas, mayas, mochicas y tiahuanacos? ¿Dónde quedaron los 20 mil años de civilización andina? Ante este contrabando historiográfico, bienvenido sea el mito de Inkarri  en sus diferentes versiones, tanto así como la rica tradición oral registrada por la etnología, especialmente por la acción pionera de José María Arguedas, tanto como de Josafat Roel Pineda, Efraín Morote Best, Alejandro Ortiz Rescaniere y otros.

8.  Creo haber leído la mayoría de su producción literaria. En esas lecturas constaté que  desde su primer cuento Temporal en la cuesta de los difuntos hasta su última novela (Muchas lunas en Macchu Picchu), todas siempre aluden al Ausangate, ¿por qué en la mayoría de su narrativa siempre está presente aquel nevado? ¿Qué es para Ud. El Ausangate?
El Ausangate es mi apu tutelar. Un portento de la naturaleza que está allí al alcance de la imaginación, un nevado cuya sola existencia genera una mitología regional riquísima. Tuve la suerte de nacer cerca al nevado (Ocongate) y apreciarlo desde niño y, también, oír una preciosa tradición oral en torno al Apu que lo habita. Los pueblos de su entorno se sienten impregnados por su magia y belleza. Se sienten privilegiados de vivir cerca de él. Hay canciones, danzas y ritos inspirados en la perenne majestad del nevado. Entonces ¿cómo no incorporarlo a mi narrativa como un referente de vida, anhelos, proyectos y vicisitudes, además de fuente de inspiración permanente?

9.  Estamos  por concluir el centenario  de nacimiento de Arguedas, a la narrativa que él  ha abierto  algunos quisieron enterrarla y no lo pudieron ¿Cuál es  su balance sobre la narrativa andina después de José María Arguedas, cuánto y cómo ha influenciado el autor de Todas las sangres a los narradores andinos contemporáneos?
     He aquí un tema muy importante. Al respecto tengo un ensayo titulado “La novelística andina posarguediana” en la cual evalúo el rol del autor de “Los ríos profundos” en el proceso actual de la narrativa peruana. Por cierto que el tema es complejo para tratarlo en una entrevista. Le invito más bien a leer ese escrito que ya está en circulación. ¿Qué quisieron enterrar a Arguedas? ¿Quiénes? ¿Los cientistas sociales que en 1965 organizaron una mesa redonda para descalificar el valor de “Todas las sangres? ¿O los intelectuales que se sumaron a los juicios sesgados de “La utopía arcaica” de Vargas Llosa? Como respuesta a ellos baste citar el reciente libro publicado por la Biblioteca Nacional del Perú, Arguedas, poética de la verdad. Segunda mesa redonda sobre Todas las sangres (Lima 2011). Aquí está registrado el homenaje que le rinden a Arguedas personalidades del nivel de José Matos Mar, Aníbal Quijano, Julio Cotler, Hugo Neira, Guillermo Rochabrún y Gonzalo Portocarrero, entre otros. Es una forma de desagraviarlo del penoso incidente de 1965. Por lo demás, la conmemoración del centenario de su nacimiento ha sido apoteósica a nivel nacional e internacional. Jamás he visto tanto fervor por la memoria de un novelista que reivindicó vigorosamente la herencia indígena. Es señal de que avanzamos, es evidencia de que nos reconocemos así como somos: síntesis de un mestizaje hecho de todas las sangres, herederos de Garcilaso, Guaman Poma y Vallejo y, por lo mismo, con una tarea de encarar el presente con lucidez y coraje, pero también de pensar en un futuro de modernidad, sin renunciar  a los valores y memorias recibidos de nuestros mayores.

10.            Por otra parte, estamos en el Año del Centenario de Machu Picchu para el Mundo, no hay mejor nombre, creo yo, porque, efectivamente, fueron cien años de nuestro Machu Picchu, pero  para el mundo y no para nosotros, ¿Ud. que escribió el mejor libro no a Machu Picchu, sino, sobre Machu Picchu, cómo considera esta celebración del centenario?
     Me parece que esta celebración obedece más a los afanes del mercado turístico que a una voluntad ciudadana de conmemorar un acontecimiento. Con ello no quiero desmerecer el mérito de Hiram Bingham, como descubridor científico de Machu Picchu, pero sí considero conveniente recuperar también a otras personalidades que aportaron en la investigación de lo que fue Machu Picchu en la historia. Nombres como de Luis E. Valcárcel, José Gabriel Cosio, Manuel Chávez Ballón, John Rowe, Alfredo Valencia Zegarra y Oscar Ladrón de Guevara, entre otros, aparecen ciertamente postergados ante el incienso que el marketing turístico quema en honor de Hiram Bingham y su corte. Bienvenido el boom turístico y la prosperidad que ello acarrea para sus beneficiarios. Pero, señor, nuestra región sigue acusando altos índices de pobreza, exclusión social y deficiencia alimentaria. Parodiando a Eduardo Galeano: el Cusco tiene a la vaca, pero otros ordeñan la leche. ¿Por qué? Por diversas razones de orden político y económico; entre ellas, por el centralismo agobiante que, también en este sector, ejerce Lima a través del Ministerio de Cultura. El centenario debería ser asimismo una ocasión para reflexionar sobre éste y otros asuntos, pero además para debatir alternativas viables en beneficio de la región.

11.¿En qué momento Ud. sintió  un llamado de la escritura, hay algún hecho importante que le haya motivado para  ser escritor?
     Todo llamado en el arte tiene un toque de misterio y fascinación. Exactamente no recuerdo un episodio equiparable a la figura del ‘Camino de Damasco’. Pero hay una serie de hechos que fueron constituyendo en mí ese binomio esencial para ser hombre de letras: vocación y formación. Por algún designio oscuro, uno tiene una adolescencia solitaria, lejos del hogar paterno y de la risa de los hermanos. Uno se refugia entonces en los libros de la Biblioteca Municipal y en los volúmenes empolvados del colegio. A los 14 años leí con deleite a Bécquer, luego pasé a Neruda, después a Vallejo. Entre uno y otro autor me sentí arrobado por La vida es sueño de Calderón de la Barca. El Quijote de Cervantes me hizo entender la complejidad de la condición humana, y del predominio de la racionalidad prosaica sobre el ideal platónico. Una mañana de 1964 la radio dio una noticia: Jean Paul Sartre acababa de rechazar el Premio Nobel de Literatura. Lo comenté con mi profesor de literatura, quien entonces ensalzó a Sartre como un prototipo de intelectual honesto y, por tanto, justificó su decisión. Ese profesor era Gustavo Pérez Ocampo, quien años después fue un entrañable amigo. A partir de Sartre se me abrió el mundo de los vanguardistas europeos y sus epígonos latinoamericanos: Breton, Maiakovski, García Lorca, Eluard, Huidobro, Borges, Hidalgo, etcétera. En el género narrativo mis lecturas fueron más libres: Gustavo Flaubert, Ernest Hemingway, Ciro Alegría, Alejo Carpentier, Thomas Mann,  Rómulo Gallegos y José María Arguedas, entre otros. Como verá, usted, la lectura permanente fue el punto de partida para forjar una vocación hecha más de intuiciones que de certezas. En eso estamos y en ello nos jugamos. Como dijo Alejandro Romualdo: “El hombre es lucha. Y en la lucha pena”.

12.             ¿Cuándo Ud. escribe, cuál  le sale primero, la obra o el título?
     Primero uno engendra a la criatura, luego le asigna un nombre; en este caso, el título. Así exige la lógica. ¿No le parece?



Cusco, octubre 2011


 CON EL NARRADOR ROSAS EN SU CASA